Aguafuertes porteñas: Sillas en la vereda

Les dejamos completo uno de los textos más amigables de nuestro querido Roberto Arlt. El dibujo es de Orbe, para la muestra Aguafuertes ilustradas.

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Silla en la vereda

Por Roberto Arlt

Llegaron las noches de las sillas en la vereda; de las familias estanca­das en las puertas de sus casas; llegaron, las noches del amor sentimental de “buenas noches, vecina”, el político e insinuante “¿cómo le va, don Pascual?”. Y don Pascual sonrie .y se atusa los “baffi”, que bien sabe por qué el mocito le pregunta cómo le va. Llegaron las noches…

Yo no sé qué tienen estos barrios porteños tan tristes en el día bajo el sol, y tan lindos cuando la luna los recorre oblicuamente. Yo no sé qué tienen; que reos o inteligentes, vagos o activos, todos queremos este ba­rrio con su jardín (sitio para la futura sala) y sus pebetas siempre iguales y siempre distintas, y sus viejos, siempre iguales y siempre distintos también. Encanto mafioso, dulzura mistonga, ilusión baratieri, ¡qué sé yo qué tienen todos estos barrios!; estos barrios porteños, largos, todos corta­dos con la misma tijera, todos semejantes con sus casitas atorrantas, sus jardines con la palmera al centro y unos yuyos semiflorecidos que aro­man como si la noche reventara por ellos el apasionamiento que encie­rran las almas de la ciudad; almas que sólo saben el ritmo del tango y del “te quiero”. Fulería poética, eso y algo más.

Algunos purretes que pelotean en el centro de la calle; media docena de vagos en la esquina; una vieja cabrera en una puerta; una menor que soslaya la esquina, donde está la media docena de vagos; tres propieta­rios que gambetean cifras en diálogo estadístico frente al boliche de la esquina; un piano que larga un vals antiguo; un perro que, atacado re­pentinamente de epilepsia, circula, se extermina a tarascones una colonia de pulgas que tiene junto a las vértebras de la cola; una pareja en la ven­tana oscura de una sala: las hermanas en la puerta y el hermano comple­mentando la media docena de vagos que turrean en la esquina. Esto es todo y nada más. Fulería poética, encanto misho, el estudio- de Bach o de Beethoven junto a un tango de Filiberto o de Mattos Rodríguez.

Esto es el barrio porteño, barrio profundamente nuestro; barrio que todos, reos o inteligentes, llevamos metido en el tuétano como una bruje­ría de encanto que no muere, que no morirá jamás.

Y junto a una puerta, una silla. Silla donde reposa la vieja, silla don­de reposa el “jovie”. Silla simbólica, silla que se corre treinta centíme­tros más hacia un costado cuando llega una visita que merece considera­ción, mientras que la madre o el padre dice:

-Nena; traete otra silla.

Silla cordial de la puerta de calle, de la vereda; silla de amistad, silla donde se consolida un prestigio de urbanidad ciudadana; silla que se le ofrece al “propietario de al lado”; silla que se ofrece al “joven” que es candidato para ennoviar; silla que la “nena” sonriendo y con modales de dueña de casa ofrece, para demostrar que es muy señorita; silla donde la noche del verano se estanca en una voluptuosa “linuya”, en una char­la agradable, mientras “estrila la d’enfrente” o murmura “la de la esqui­na”.

Silla donde se eterniza el cansancio del verano; silla que hace rueda con otras; silla que obliga al transeúnte a bajar a la calle, mientras que la señora exclama: “¡Pero, hija! ocupás toda la vereda”.

Bajo un techo de estrellas, diez de la noche, la silla del barrio porte­ño afirma una modalidad ciudadana.

En el respiro de las fatigas, soportadas durante el día, es la trampa donde muchos quieren caer; silla engrupidora, atrapadora, sirena de nues­tros barrios.

Porque si usted pasaba, pasaba para verla, nada más; pero se detu­vo. ¿Quién no se para a saludar? ¿Cómo ser tan descortés? Y se queda un rato charlando. ¿Qué mal hay en hablar? Y, de pronto, le ofrecen una silla. Usted dice: “No, no se molesten”. Pero, ¿qué? ya fue volando la “nena” a traerle la silla. Y una vez la silla allí, usted se sienta y sigue charlando.

Silla engrupidora, silla atrapadora.

Usted se sentó y siguió charlando. ¿Y sabe, amigo, dónde terminan a veces esas conversaciones? En el Registro Civil.

Tenga cuidado con esa silla. Es agarradora, fina. Usted se sienta, y se está bien sentado, sobre todo si al lado se tiene una pebeta. ¡Y usted que pasaba para saludar! Tenga cuidado_ Por ahí se empieza.

Está, después, la otra silla, silla conventillera, silla de “jovies” ta­nos y galaicos; silla esterillada de paja gruesa, silla donde hacen filosofía barata ex barrenderos y peones municipales, todos en mangas de camise­ta, todos cachimbo en boca. La luna para arriba sobre los testuces rapa­dos. Un bandoneón rezonga broncas carcelarias en algún patio.

En un quicio de puerta, puerta encalada como la de un convento, él y ella. El, del Escuadrón de Seguridad; ella planchadora o percalera.

Los “jovies”, funcionarios públicos del carro, la pala y el escobi­llón, dan la lata sobre “eregoyenisme”. Algún mozo matrero reflexiona en un umbral. Alguna criollaza gorda, piensa amarguras. Y este es otro pedazo del barrio nuestro. Esté sonando Cuando llora la milonga o la Patética, importa poco. Los corazones son los mismos, las pasiones las mismas, los odios los mismos, las esperanzas las mismas.

¡Pero tenga cuidado con la silla, socio! Importa poco que sea de Viena o que esté esterillada con paja brava del Delta: los corazones son los mismos…

Enlace Permanente: http://biblioteca.derechoaleer.info/biblioteca/roberto-arlt/aguafuertes-portenas/silla-en-la-vereda.html

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Aguafuertes porteñas: Causa y sinrazón de los celos.

 

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Hay buenos muchachitos, con metejones de primera agua, que le amargan la vida a sus respectivas novias promoviendo tempestades de celos, que son realmente tormentas en vasos de agua, con lluvias de lágrimas y truenos de recriminaciones.
Generalmente las mujeres son menos celosas que los hombres. Y si son inteligentes, aun cuando sean celosas, se cuidan muy bien de descubrir tal sentimiento, porque saben que la exposición de semejante debilidad las entrega atadas de pies y manos al fulano que les sorbió el seso. De cualquier manera; el sentimiento de los celos es digno de estudio, no por los disgustos que provoca, sino por lo que revela en cuanto a psicología individual.
Puede establecerse esta regla:
Cuanto menos mujeres ha tratado un individuo, más celoso es.
La novedad del sentimiento amoroso conturba, casi asusta, y trastorna la vida de un individuo poco acostumbrado a tales descargas y cargas de emoción. La mujer llega a constituir para este sujeto un fenómeno divino, exclusivo. Se imagina que la suma de felicidad que ella suscita en él, puede proporcionársela a otro hombre; y entonces Fulano se toma la cabeza, espantado al pensar que toda “su” felicidad, está depositada en esa mujer, igual que en un banco. Ahora bien, en tiempos de crisis, ustedes saben perfectamente que los señores y señoras que tienen depósitos en instituciones bancarias, se precipitan a retirar sus depósitos, poseídos de la locura del pánico. Algo igual ocurre en el celoso. Con la diferencia que él piensa que si su “banco” quiebra, no podrá depositar su felicidad ya en ninguna parte. Siempre ocurre esta catástrofe mental con los pequeños financieros sin cancha y los pequeños enamorados sin experiencia.
Frecuentemente, también, el hombre es celoso de la mujer cuyo mecanismo psicológico no conoce. Ahora bien: para conocer el mecanismo psicológico de la mujer, hay que tratar a muchas, y no elegir precisamente a las ingenuas para enamorarse, sino a las “vivas”, las astutas y las desvergonzadas, porque ellas son fuente de enseñanzas maravillosas para un hombre sin experiencia, y le enseñan (involuntariamente, por supuesto) los mil resortes y engranajes de que “puede” componerse el alma femenina. (Conste que digo “de que puede componerse”, no de que se compone.)
Los pequeños enamorados, como los pequeños financistas, tienen en su capital de amor una sensibilidad tan prodigiosa, que hay mujeres que se desesperan de encontrarse frente a un hombre a quien quieren, pero que les atormenta la vida con sus estupideces infundadas.
Los celos constituyen un sentimiento inferior, bajuno. El hombre, cela casi siempre a la mujer que no conoce, que no ha estudiado, y que casi siempre es superior intelectualmente a él. En síntesis, el celo es la envidia al revés.

Lo más grave en la demostración de los celos es que el individuo, involuntariamente, se pone a merced de la mujer. La mujer en ese caso, puede hacer de él lo que se le antoja. Lo maneja a su voluntad. El celo (miedo de que ella lo abandone o prefiera a otro) pone de manifiesto la débil naturaleza del celoso, su pasión extrema, y su falta de discernimiento. Y un hombre inteligente, jamás le demuestra celos a una mujer, ni cuando es celoso. Se guarda prudentemente sus sentimientos; y ese acto de voluntad repetido continuamente en las relaciones con el ser que ama, termina por colocarle en un plano superior al de ella, hasta que al llegar a determinado punto de control interior, el individuo “llega a saber que puede prescindir de esa mujer el día que ella no proceda con él como es debido”.
A su vez la mujer, que es sagaz e intuitiva, termina por darse cuenta de que con una naturaleza tan sólidamente plantada no se puede jugar, y entonces las relaciones entre ambos sexos se desarrollan con una normalidad que raras veces deja algo que desear, o terminan para mejor tranquilidad de ambos.
Claro está que para saber ocultar diestramente los sentimientos subterráneos que nos sacuden, es menester un entrenamiento largo, una educación de práctica de la voluntad. Esta educación “práctica de la voluntad” es frecuentísima entre las mujeres. Todos los días nos encontramos con muchachas que han educado su voluntad y sus intereses de tal manera que envejecen a la espera de marido, en celibato rigurosamente mantenido. Se dicen: “Algún día llegará”. Y en algunos casos llega, efectivamente, el individuo que se las llevará contento y bailando para el Registro Civil, que debía denominarse “Registro de la Propiedad Femenina”.
Sólo las mujeres muy ignorantes y muy brutas son celosas. El resto, clase media, superior, por excepción alberga semejante sentimiento. Durante el noviazgo muchas mujeres aparentan ser celosas; algunas también lo son, efectivamente. Pero en aquellas que aparentan celos, descubrimos que el celo es un sentimiento cuya finalidad es demostrar amor intenso inexistente, hacia un_ bobalicón que sólo cree en el amor cuando el amor va acompañado de celos. Ciertamente, hay individuos que no creen en el afecto, si el cariño no va acompañado de comedietas vulgares, como son, en realidad, las que constituyen los celos, pues jamás resuelven nada serio.
Las señoras casadas, al cabo de media docena de años de matrimonio (algunas antes), pierden por completo los celos. Algunas, cuando barruntan que los esposos tienen aventurillas de géneros dudosos, dicen, en círculos de amigas:
-Los hombres son como los chicos grandes. Hay que dejar que se distraigan. También una no los va a tener todo el día pegados a las faldas…
Y los “chicos grandes” se divierten. Más aún, se olvidan de que un día fueron celosos…
Pero este es tema para otra oportunidad.

Aguafuertes porteñas de Roberto Arlt ilustradas

ImageSiguiendo con las recomendaciones nos interesa ahora compartir lo que pueden hacer varios artistas visuales con los hermosos textos de las Aguafuertes Porteñas de nuestro querido Roberto Arlt. La muestra tuvo lugar en el Centro Cultural Recoleta en febrero del 2012, y fue reunida en un libro que puede ser visualizado online o descargado integramente. Para que lo disfruten les dejamos el enlace para poder apreciar el gran trabajo que hicieron los ilustradores. Las aguafuertes seleccionadas fueron:

1. Ventanas Iluminadas
2. El novio en el palco
3. Matices Portuarios

4. Elogio agridulce del capuchino

5. Los tomadores de sol en el Botánico

6. El taller de compostura de muñecas 

7. El Pan Dulce del cesante

8. Elogio de lo cursi

9. Silla en la vereda
10. Me acuerdo de Don Esteban 

Aguafuertes porteñas Ilustradas de Roberto Arlt: http://aguafuertesilustradas2011.blogspot.com.ar/

La ilustración es de: Cucho Cuño – http://cucholandia.blogspot.com/

Roberto Arlt va a la escuela: instructivo docente sobre”El Juguete Rabioso”.

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Quisieramos recomendar gratamente el sitio Educar del Ministerio de Educación por la gran cantidad de material pedagógico de acceso gratuito. En este caso, nos sorprendimos con un instructivo para docente sobre la obra “El juguete rabioso”. Muy recomendable para leerlo y pensar en cómo el estudio de una obra puede llevar a la creación de otra nueva original. La autora del trabajo es María Belén Ruggiero.

Arlt y el periodismo: El hombre del trombom

Nada mejor que Roberto Arlt y sus Aguafuertes Porteñas, en estos días de histeria y reclamos sobre los medios de comunicación, para contarnos los entretelones de la escritura periodística... en veinticinco minutos.

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Es inútil. En todas las cosas hay que poseer experiencia. Yo creía que tener por vecino a un señor que se dedica al estudio de la música en el broncíneo cuerpo de un trombón, era un sacrificio superior a la más cariñosa resignación humana; pero ahora he comprendido que no; que el estudio del trombón no irrita los nervios ni ensordece como a primera vista, y colocándose desde un lugar absolutamente teórico, se pudiera creer.

Creo que todo aquel que se dedica al estudio de la música trombonífera, es un animal inmensamente triste. Lo digo basándome en conjeturas acústicas. Imagínense ustedes a un hombre que todos los días, de las doce y media a las trece y de las veinte y treinta a las veintiuna, se dedica a arrancar melancólicos bufidos a su instrumento, y toda esta filarmonía broncínea tiene por caja armónica un altillo.

Tal es el señor que me ha tocado tener por vecino; no en mi pensión, sino en una casa medianera a la tal, y donde, para regocijo de todos nosotros, el hombre inunda de selváticos lamentos el barrio en las horas consagradas a la siesta y a la digestión.

Lo cual me ha permitido llegar a la conclusión de que el hombre del trombón es un animal inmensamente triste.

¿Qué es lo que lo ha impulsado a refugiarse en la dulce melancolía del instrumento que, sin querer, recuerda la trompa de un elefante?

Como primer principio puede sentarse que aquella gente que se dedica a las industrias del calzado, tiene una especial predilección por el trombón. Luego le siguen los solterones que trabajan en inútiles labores de albañilería y construcción, porque el aparato, por sus razonables dimensiones, se presta para ser soportado por el cogote de un mezclacal o levantaladrillos.

En tercer grado, vendrían los sastres, aunque los sastres melancólicos son más aficionados a tocar la ocarina; ya en el Ejército de Salvación se cuentan numerosos conversos, que en su juventud fueron sastres y en las fiestas dominicales manejan el trombón con tanta habilidad como antaño la tijera.

Lo que me hace pensar que todo lo que pueda escribirse respecto al tocador de trombón es macaneo puro, macaneo que llega a las excelsitudes. ¿A qué excelsitudes llegará?

Veo que estoy macaneando, y en grande…Y todo porque debo escribir esta nota en veinticinco minutos, pues tengo que tomar el subte e ir a la Yumen. ¿No es trágico esto de tenerse que escribir una nota en veinticinco minutos? Continue reading

Amigo Güiraldes, otra carta de Roberto Arlt

Carta de Roberto Arlt a Ricardo Güiraldes en claro agradecimiento por dejarlo trabajar como secretario y publicarle sus primeros textos en la revista Proa. Un documento histórico, sólo un año antes de la publicación de “El juguete rabioso”. Mas información en el link del final.

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Estimado amigo mío:Me ha dado Ud. tal espectáculo de bondad que todavía no se ha acabado en mí la necesidad de pensar en Ud., de reproducirme el hecho de su generosidad.
Amigo Güiraldes, esto es doloroso y esto es bello como una pena. Ojalá que nunca terminara. Tímida tribulación, que con su carita salitrosa de lágrimas va hablando despacio y uno se estaría mil años escuchándola. ¡Si Ud. supiera! ¿Por qué nos hacen padecer gozosamente los espectáculos de bondad? Qué sé yo en qué piensa Ud. mientras escribo esto. Pero hay otro en Ud. que está detenido mientras yo escribo, y me escucha con el rostro serio, y yo sé que en él han sucedido cosas de las cuales no sabré jamás, pero su silencio se hace atencioso.
Y de pronto, Ud. y yo hablamos, pero nuestros espíritus están atentos a algo que viene por los agrios caminos de la noche… y es la Angustia para uno de los dos…
Ay, cómo madura la violenta pena, y hace más temblorosa la voz del árbol que canta, y más pálido el rostro del árbol que piensa. Continue reading

Paco Urondo entrevista a la viuda de Arlt

La señora Elizabeth Shine, viuda del novelista, da a conocer aspectos, hasta ahora ignorados, de la vida y de la personalidad de su marido. La señora Shine fue secretaria de León Bouché, director de la revista El Hogar, en épocas en que Arlt colaboraba en esta y otras publicaciones de la Editorial Haynes, y era redactor del diario El Mundo de esta misma empresa. Extraído de Revista Anfibia

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“Cuando estuvimos en Puerto Montt –Chile–, creo que la única época en que no nos peleamos, Muzio Sáenz Peña, director de El Mundo, había hablado con los ingleses –dueños de Haynes por ese entonces– y consiguió que lo mandaran en gira. Él se lo pidió: se había peleado conmigo y quería irse lejos. Creo que arregló llegar hasta México, pero en el interín, antes de que saliera, ya nos habíamos amigado, aunque nos volvimos a pelear después, por carta. Un día voy a trabajar y me encuentro con una serie de sobres escritos con su letra y dirigidos a distintos amigos de la redacción, todavía –era temprano– no había llegado nadie y me apropié de ellos y los abrí: decía cosas espantosas de mí, incluso intimidades. Hago desaparecer las cartas y, al rato, me avisan que tengo una llamada de larga dis¬tancia. Es él que, desde Chile, me dice arrepentido, ‘hice una gran macana, les mandé unas cartas a esos piojosos; sacáselas, que no las vayan a leer’; después me pidió que me fuera con él a pasar unos días.”
Cualquier motivo, al parecer, era bueno para iniciar una pelea. Habían comprado un terreno en La Lucila –cerca de Buenos Aires– y recién comenzaban a pagarlo. Prematuramente Arlt, no solamente hacía infinitos planos de la futura e hipotética casa que allí proyectaban levantar, sino que, además, pensaban en quiénes iban a ser los invitados; él quería invitar a alguien, a ella no le gustaba y por eso y tan anticipadamente reñían. “A veces era tremendamente maduro y a veces parecía un chico. Le gustaba representar papeles: durante todo un viaje en ómnibus, por ejemplo, se hacía el turco o cualquier otra cosa. Le gustaba llamar la atención y a mí me encantaba”. Continue reading

La relación entre Arlt y Güiraldes

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No se sabe cómo en algún momento Arlt se convirtió en secretario del erudito y respetado autor de “Don Segundo Sombra”, Ricardo Güiraldes (1886-1927), quien lo contrató con inestimable cortesía y solidaridad para ayudar a los esmirriados bolsillos del incipiente escritor.

Una dupla por demás inexplicable: el fino y culto hacendado de San Antonio de Areco, junto al joven, eternamente despeinado, irreverente, algo harapiento, que deambulaba todas las noches por los cafetines de Flores con el manuscrito de “La vida puerca” bajo el brazo para leerla a quién lo escuchara. Paternalmente, Güiraldes leía la enrevesada prosa de su secretario y corregía aplicadamente sus errores ortográficos y eliminaba párrafos innecesarios, hasta que llega a sugerirle el cambio de título de su novela por el de “El juguete rabioso”, quitando, quizás, ese lugar de enunciación desde donde hablaba la novela de Arlt: desde la vida puerca. 

Cuenta Jitrik que la primera vez que Arlt lee ante Güiraldes y su esposa, Adelina del Carril, su novela, pide que ésta se retire porque consideraba que su grueso vocabulario heriría la fina sensibilidad de aquella mujer.

Por otra parte, Arlt se permitía hasta bromear con su maestro diciéndole: ¿Y usted cuándo se va a poner a escribir en serio? Y algo de cierto había en la expresión de Arlt: Güiraldes para todos era un verdadero faro intelectual de la época, tanto para los martinfierristas como para la incipiente élite intelectual de principio de siglo, pero su éxito y consagración con el público vendría recién con la edición de “Don Segundo Sombra” en 1926; el mismo año en el cual Arlt publica “El juguete rabioso”.

En la revista Proa (dirigida por Borges, Brandán Carffa, Pablo Rojas Paz, además del mismo Güiraldes) se publican algunos capítulos de la novela, hecho que sin la influencia de Güiraldes hubiera sido imposible para Arlt.  Sin duda que el autor de El cencerro de cristal había hallado en aquel muchacho de Flores un enorme potencial creativo y artístico, y no se equivocó. Esa novela iniciática marca una relación de transgresión intensa con la cultura, de hecho el robo a la biblioteca es uno de los pasajes más inolvidables y, como señala Piglia (uno de su más ferviente estudioso), es una metáfora casi perfecta de cómo Arlt accede a la cultura. }

Extraído de Diario Los Andres: nota completa en http://www.losandes.com.ar/notas/2013/7/28/violencia-cross-mandibula-728638.asp

Soliloquio del Solterón, de Roberto Arlt. Completo.

Borges

Me miro el dedo gordo del pie, y gozo.
Gozo porque nadie me molesta. Igual que una tortuga, a la mañana, saco la cabeza debajo la caparazón de mis colchas y me digo, sabrosamente, moviendo el dedo gordo del pie:
-Nadie me molesta. Vivo solo, tranquilo y gordo como un archipreste glotón.
Mi camita es honesta, de una plaza y gracias. Podría usarla sin reparo ninguno el Papa o el arzobispo.
A las ocho de la mañana entra a mi cuarto la patrona de la pensión, una señora gorda, sosegada y maternal. Me da dos palmaditas en la espalda y me pone junto al velador la taza de café con leche y pan con manteca. Mi patrona me respeta y considera. Mi patrona tiene un loro que dice: “¡Ajuá! ¿Te fuiste? Que te vaya bien”, y el loro y la patrona me consuelan de que la vida sea ingrata para otros, que tienen mujer y, además de mujer, una caterva de hijos.
Soy dulcemente egoísta y no me parece mal.
Trabajo lo indispensable para vivir, sin tener que gorrear a nadie, y soy pacífico, tímido y solitario. No creo en los hombres, y menos en las mujeres, mas esta convicción no me impide buscar a veces el trato de ellas, porque la experiencia se afina en su roce, y además no hay mujer, por mala que sea, que no nos haga indirectamente algún bien.
Me gustan las muchachitas que se ganan la vida. Son las únicas mujeres que provocan en mí un respeto extraordinario, a pesar de que no siempre son un encanto. Pero me gustan porque afirman un sentimiento de independencia, que es el sentido interior que rige mi vida.
Más me gustan todavía las mujeres que no se pintan. Las que se lavan la cara, y con el cabello húmedo, salen a la calle, causando una sensación de limpieza interior y exterior que haría que uno, sin escrúpulos de ninguna clase, les besara encantado los pies.
No me gustan los chicos, sino excepcionalmente. En todo chiquillo, casi siempre se descubren fisonómicamente los rastros de las pillerías de los padres, de manera que sólo me agradan a la distancia y cuando pienso artificialmente con el pensamiento de los demás que coinciden en decir: “¡Qué chicos, son un encanto!”, aunque es mentira.
Me baño todos los días en invierno y verano. Tener el cuerpo limpio me parece que es el comienzo de la higiene mental.
Creo en el amor cuando estoy triste, cuando estoy contento miro a ciertas mujeres como si fueran mis hermanas, y me agradaría tener el poder de hacerlas felices, aunque no se me oculta que tal pensamiento es un disparate, pues si es imposible que un hombre haga feliz a una sola mujer, menos todavía a todas.
He tenido varias novias, y en ellas descubrí únicamente el interés de casarse, cierto es que dijeron quererme, pero luego quisieron también a otros, lo cual demuestra que la naturaleza humana es sumamente inestable, aunque sus actos quieran inspirarse en sentimientos eternos. Y por eso no me casé con ninguna.
Personas que me conocen poco dicen que soy un cínico; en verdad, soy un hombre tímido y tranquilo, que en vez de atenerse a las apariencias busca la verdad, porque la verdad puede ser la única guía del vivir honrado.
Mucha gente ha tratado de convencerme de que formara un hogar; al final descubrí que ellos serían muy felices si pudieran no tener hogar.
Soy servicial en la medida de lo posible y cuando mi egoísmo no se resiente mucho, aunque me he dado cuenta que el alma de los hombres está constituida de tal manera, que más pronto olvidan el bien que se les ha hecho que el mal que no se les causó.
Como todos los seres. humanos he localizado muchas mezquindades en mí y más me agradaría no tener ninguna, mas al final me he convencido que un hombre sin defectos sería inaguantable, porque jamás le daría motivo a sus prójimos para hablar mal de él, y lo único que nunca se le perdona a un hombre, es su perfección.
Hay días que me despierto con un sentimiento de dulzura floreciendo en mi corazón. Entonces me hago escrupulosamente el nudo de la corbata y salgo a la calle, y miro amorosamente las curvas de las mujeres. Y doy las gracias a Dios por haber fabricado un bicho tan lindo, que con su sola presencia nos enternece los sentidos y nos hace olvidar todo lo que hemos aprendido a costa del dolor.
Si estoy de buen humor, compro un diario y me entero de lo que pasa en el mundo, y siempre me convenzo de que es inútil que progrese la ciencia de los hombres si continúan manteniendo duro y agrio su corazón como era el corazón de los seres humanos hace mil años.
Al anochecer vuelvo a mi cuartujo de cenobita, y mientras espero que la sirvienta -una chica muy bruta y muy irritable- ponga la mesa, “sotto voce” canturreo Una furtiva lágrima, o sino Addio del passato o Bei giorni ridenti… Y mi corazón se anega de una paz maravillosa, y no me arrepiento de haber nacido.
No tengo parientes, y como respeto la belleza y detesto la descomposición, me he inscripto en la sociedad de cremaciones para que el día que yo muera el fuego me consuma y quede de mí, como único rastro de mi limpio paso sobre la tierra, unas puras cenizas.

Roberto Arlt, Aguafuertes porteñas.

El fusilamiento de Severino di Giovanni, por Roberto Arlt.

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“El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quién sabe! El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate. Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar. Ha formado el blanco pelotón fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita: “Venda no”.

”Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso. Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?

— Pelotón, firme. Apunten.

La voz del reo estalla metálica, vibrante:

— ¡Viva la anarquía!
— ¡Fuego!

”Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas. Fogonazo del tiro de gracia.

”Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero martillea a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y con zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.

”Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez, de Última Hora, Enrique González Tuñón, de Crítica y Gómez de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la Penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:

— Está prohibido reírse.
— Está prohibido concurrir con zapatos de baile”.