Hernán Vanoli, reseña de Todos Felices.

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¿Cómo contar una familia? La antología “Todos felices” se construye en torno a esa pregunta. Es un libro sobre la familia, sobre la institución quizás menos cuestionada de nuestro occidente moderno y patriarcal. La familia puede padecerse pero al mismo es el caldo de cultivo de los sueños y de los límites que nos construyen como personas. Una selva ordenada que es al mismo tiempo un refugio y un pantano ubicado en la trampa de osos que separa a nuestros corazones de nuestra memoria.
Desde esa ambivalencia se escribe el libro. Es un libro sobre la familia hecho desde una familia artificial, que son los que de alguna manera participaron del taller de escritura del que surgió “Todos felices”. La familia como un taller, el taller como una familia donde se inventan de nuevo los roles. El muy buen prólogo de Laura Meradi nos habla de eso, de lo que significa aprender a escribir y por eso a vivir juntos.
Si tuviera que elegir tres elementos que atraviesan a los cuentos, y que también atraviesan a las familias, esos elementos son las casas, las cocinas y la soledad. Quizás faltaron los funerales, pero los funerales son el límite donde la familia se desintegra y al mismo tiempo se vuelve a ordenar. Y los nacimientos. Pero en realidad siempre estamos contando un nacimiento.
El primer cuento, de Leticia Rivas, es la historia de una chica que atraviesa una refacción de su casa al tiempo que deja de ser una niña y empieza a ser una adolescente. Se enamora de un albañil y mantiene un sutil juego de espejos con la madre: toda familia se construye también sobre los silencios y los secretos. La protagonista y la casa están en refacción, y Leticia elige narrarlo como una carta desde el futuro, en un tono poético y original, quizás una carta que la protagonista se escribe a sí misma, en ese intento siempre difícil por ordenar la memoria. Las familias imaginadas, las familias reales, y el pacto posible y a veces dolorido que alguien que crece tiene que establecer con la realidad. El segundo cuento, de Bárbara Sayour, se llama justamente “Las Casas”. Son dos chicas que juegan y están atravesadas por la historia de las casas familiares, su desmembramiento y su ampliación. La ambivalencia se despliega sobre los diálogos, los nombres. Cómo nombrarlos en familia. Una parte me pareció especialmente bella: las dos chicas conversan.
-Si pudiera ser un animal sería un caballo –dice.
– Yo un león, o un tigre. No, mitad halcón y mitad león.
– Eso no existe, un animal solo tenés que ser.
– Yo soy un animal sólo.
En el tercero, “El Fuentón” de Manuela Calderone, la familia comparte la comensalidad con las patas en la fuente. Y nos presenta otra situación que pone en riesgo los límites de la familia, sin partirla o quebrarla como los funerales, sino ampliándola: el casamiento, la ampliación. Llegan noticias de parientes lejanos y esas noticias están normalizadas, pero ocurre lo inesperado, aquello que saca un poco los pies de esa fuente de agua tibia. En “ La escoba de quince”, de Lucía Russo, hay un encuentro entre una mujer y otra persona, “la vieja”. El ambiente es de una relación en ruinas, un escenario íntimo pero desamparado a la vez. Muchos de los cuentos incluyen a los abuelos como parte integral de la familia, partes que no encastran del todo pero con las que se comparten cosas fundamentales. En el caso de “La escoba del quince”, lo que se comparte con esta vieja que rompe vasos es la cocaína. Pero hay una frase que define mejor la relación entre la narradora y la vieja. Está apenas empieza el cuento y dice: “La vieja entra, me incrusta los labios contra el pómulo y pasa de largo para la cocina”. La elección de ese verbo, el verbo “incrustar”, es una figura hermosa para hablar de las relaciones intergeneracionales. El cuento “Pulpo” de Leonardo Azamor, cuenta en tercera persona y con una sutileza onírica impecable el pequeño infierno de las familias constituidas. Padre, madre y dos hijas que van al colegio. Las pequeñas sociedades al interior de esa sociedad nuclear, la familia, que a su vez estructura a la sociedad. Es un cuento de muñecas rusas. La presencia de lo otro, en este caso un pulpo congelado en el freezer, un cuerpo muerto que el padre intenta cocinar mientras las hijas hacen una representación en un acto de la escuela. Todo es real y todo es borroso, como en los sueños o en los recuerdos familiares. Finalmente, Esteban Caballero elige contar una familia desde otra perspectiva liminar. No elige la ampliación ni la reducción, sino que elige el viaje. “Mar Chiquita” es un cuento de una familia en vacaciones: una familia que abandona su casa, su cocina, y trata de reinventar o profundizar sus vínculos, quizás sobrevivir, en un entorno de ocio. Siempre tienen algo extraño las vacaciones en familia, y el cuento de Esteban se construye sobre el núcleo de esa extrañeza: el malentendido. La comunicación es siempre difícil y arrastra la resaca de los malentendidos, la arbitrariedad que funda a la cultura. Esteban trabaja ese límite entre estar solos o acompañados, entre comunicarnos o ensayar gestos mientras rebotamos en el samba de la vida.
Casas donde protegernos del afuera. Cocinas donde alimentarnos y crecer. Y la soledad, como una sombra, como el afuera, y también como el lugar del que quizás venimos y hacia donde no queremos ir. Hay un lenguaje familiar para protegernos, para alimentarnos, para ser en común. Este libro intenta indagar en ese lenguaje, desde diferentes perspectivas pero con una incertidumbre y una sabiduría en común.