Paco Urondo entrevista a la viuda de Arlt

La señora Elizabeth Shine, viuda del novelista, da a conocer aspectos, hasta ahora ignorados, de la vida y de la personalidad de su marido. La señora Shine fue secretaria de León Bouché, director de la revista El Hogar, en épocas en que Arlt colaboraba en esta y otras publicaciones de la Editorial Haynes, y era redactor del diario El Mundo de esta misma empresa. Extraído de Revista Anfibia

Francisco_Urondo

“Cuando estuvimos en Puerto Montt –Chile–, creo que la única época en que no nos peleamos, Muzio Sáenz Peña, director de El Mundo, había hablado con los ingleses –dueños de Haynes por ese entonces– y consiguió que lo mandaran en gira. Él se lo pidió: se había peleado conmigo y quería irse lejos. Creo que arregló llegar hasta México, pero en el interín, antes de que saliera, ya nos habíamos amigado, aunque nos volvimos a pelear después, por carta. Un día voy a trabajar y me encuentro con una serie de sobres escritos con su letra y dirigidos a distintos amigos de la redacción, todavía –era temprano– no había llegado nadie y me apropié de ellos y los abrí: decía cosas espantosas de mí, incluso intimidades. Hago desaparecer las cartas y, al rato, me avisan que tengo una llamada de larga dis¬tancia. Es él que, desde Chile, me dice arrepentido, ‘hice una gran macana, les mandé unas cartas a esos piojosos; sacáselas, que no las vayan a leer’; después me pidió que me fuera con él a pasar unos días.”
Cualquier motivo, al parecer, era bueno para iniciar una pelea. Habían comprado un terreno en La Lucila –cerca de Buenos Aires– y recién comenzaban a pagarlo. Prematuramente Arlt, no solamente hacía infinitos planos de la futura e hipotética casa que allí proyectaban levantar, sino que, además, pensaban en quiénes iban a ser los invitados; él quería invitar a alguien, a ella no le gustaba y por eso y tan anticipadamente reñían. “A veces era tremendamente maduro y a veces parecía un chico. Le gustaba representar papeles: durante todo un viaje en ómnibus, por ejemplo, se hacía el turco o cualquier otra cosa. Le gustaba llamar la atención y a mí me encantaba”.
“Ese mediodía yo me había quedado en el centro y Roberto, sin saber que yo no volvía, me estuvo esperando en la esquina. Hasta que apareció una gallega que traía la leche a casa. Era una mujer muy particular, andaba a pie con sus tarros y esto –cuando la vio– le hizo acordar de España –a Roberto le gustó mucho España– y lo animó, le dio coraje, según me contó después. Entonces, mientras la mujer trataba de venderle la leche a mi madre, Roberto, simultáneamente, le pedía mi mano a mamá, quien, por supuesto no lograba entender bien lo que pasaba. Desde ese día cada vez que se encontraba con la lechera, le palmeaba la espalda –le daba unos golpes capaces de hundirle las costillas– y se reía con esa risa tan personal, tan linda que tenía: ‘lechera, lecherita’, le decía mientras se reía.
“El primer regalo que me hizo fue la novela El hombrecillo de los gansos, de Wassermann; el segundo regalo fue un jamón. Durante mucho tiempo estuvo comiendo por las noches jamón con huevos fritos; era terriblemente comilón. A la noche comíamos aquí;1 en una oportunidad no me sentí muy bien y me fui a acostar; mamá de noche no cena, así que él, solito, se comió todo lo que había: una pescadilla con salsa de anchoa y un flan de naranjas que había hecho con seis huevos. Al día siguiente, después de haberse comido todo eso, me habló por teléfono y me dijo: ‘Decile a tu mamá que cocina muy mal: no me sentí nada bien anoche’. Se llevaba muy mal con mamá, aunque a veces le decía que la quería más que a su propia madre. Era de reacciones impulsivas, de una gran inestabilidad emocional.
“Una vez que nos peleamos, volvió a las tres de la mañana a hacer las paces y, en aquellos años, no se podía golpear a la puerta de una casa de familia a esas horas. La misma persona que se peleaba con su futura mujer, era la que pagaba un peso a los chiquilines de Barrancas de Belgrano, para que se treparan a las magnolias altísimas que hay allí y me bajaran una flor.
“Los dos éramos terriblemente celosos. Cuando se fue para Chile yo le aclaré que no tenía vocación de Penélope y él se puso furioso. En realidad había empezado, pero no tenía intención de desatarlo y empezar de nuevo. A los seis meses de casarnos se fue a Chile: nos casamos el 25 de mayo del año cuarenta y en noviembre de ese mismo año se fue. En enero del cuarenta y uno, fui yo. Estuve quince días en Puerto Montt y, a la semana de volver, él también regresó a Buenos Aires dando por terminada una gira que tantas tramitaciones había costado y que debía llegar hasta México.
“Cuando estuvo en Buenos Aires, lo fue a ver Muzio Sáenz Peña para informarle que no podía seguir con la gira: ‘Tengo un cáncer en la lengua’, le dijo mientras le mostraba una pequeña afta que allí le había salido.
“Muzio, por supuesto, no le creyó eso del cáncer y, a partir de ese momento, no le dieron el lugar que le correspondía. No lo tenían mal, pero tampoco lo tenían tan bien como antes; como él estaba acostumbrado”. Por esa época estaba obsesionado por “su invento de las medias”. En el libro Roberto Arlt el torturado (primera biografía del novelista editada poco después de su muerte) Raúl Larra cuenta cómo el escritor intentaba llevar adelante un procedimiento por el cual serían reforzadas las partes más vulnerables de la media de mujer; así reproduce una memoria descriptiva de una patente de invención que llevaba fecha 12 de enero de 1942. Su viuda facilitó –amén de contar diversas anécdotas de tallercitos incendiados y cuartos de pensiones deflagrados por los experimentos que realizaba con el actor Pascual Nacaratti– otro documento análogo que lleva fecha 17 de octubre de 1934. La señora Shine afirma que luego había abandonado el proyecto y que se volvía a aferrar a él cuando estaba acosado por la falta de dinero, “era una obsesión, una desesperación”.

1!!!
“Los experimentos que hacía eran un desastre; las medias quedaban cubiertas por una malla gruesa. ‘Qué mujer se va a poner eso –le preguntaba yo– si parece piel de pescado’; él no me contestaba. Es más: por mi oposición a su proyecto, me consideraba una enemiga”. Por esa época escribía El desierto entra a la ciudad, pero “lo cierto es que no se volvía a encontrar con él mismo; había razones externas, el medio, pero él tenía responsabilidad en todo esto: abarcaba muchas cosas, siempre fue así, pero ahora se notaba que no podía pisar firme”.
“Cuando volvió de Chile, nos seguimos peleando; aunque cuando vivimos en la pensión de la calle Pampa –allí había un jardín– nos llevábamos mejor. Necesitábamos del verde, nos gustaba la naturaleza. Por aquel tiempo había escrito en la cajita de un sahumador: ‘Me voy a comprar un yate y voy a dar la vuelta al mundo con Cito’. Así me llamaba; primero empezó diciéndome Baby Face, como el gángster; luego Baibicito y finalmente Cito.
“A veces me pegaba en la calle, pero yo le devolvía. En el cuarenta y uno, antes de hacer un viaje a Campana, quiso hacer el amor, pero yo no quise; entonces se puso furioso y me dijo: ‘En este viaje me voy a morir’; y se fue”. Poco antes de morir, mientras caminaba con su mujer, había comentado: “Pensar que cuando yo me muera estos árboles van a estar aquí y yo no los voy a poder ver”.
“Cuando volvió de Chile, quería hacer un viaje largo, quería librarse de mí. Sufríamos mucho; yo también hubiese querido encontrarme una provinciana de esas, que tuviera un filtro milagroso que me hiciera olvidar de Roberto. Era un sufrimiento, pero también era una necesidad de estar juntos. Era un amor, a pesar de nosotros mismos.
“Estaba en tratamiento y se ponía unas inyecciones enormes; no me acuerdo de qué, creo que tenían arsénico. Era muy miedoso, le tenía miedo al dentista y por esa época tenía la dentadura a la miseria: ‘Acompañame al dentista, que tengo miedo’, me decía. Después que murió fuimos con un amigo a sacar sus cosas del cajón del escritorio que tenía en el diario; allí estaban todas las inyecciones que me había dicho que se hacía poner en la farmacia del Círculo de la Prensa.
“Dormíamos y, a eso de las nueve, entró la chica trayéndonos el desayuno. Roberto y yo éramos terriblemente perezosos y siempre dejábamos que se nos enfriara el café en la bandeja. Tres meses después iba a nacer nuestro hijo; él quería que fuera mujer y que se llamara Gema, pronunciaba ‘yema’ y a mí no me gustaba.
“Ese día, una vez despiertos, nos pusimos a conversar. Me contó que la noche anterior había estado en el Círculo de la Prensa, votando. En la víspera hubo elecciones internas, como bien cuenta Larra en su libro. También me dijo que había estado averiguando por los servicios médicos que tenía el Círculo: disponíamos del Anchorena, ‘debe ser un sanatorio importante, me dijo, porque tiene muchos teléfonos’. Quiere decir que los últimos minutos de su vida los dedicó a pensar en el hijo que iba a llegar.
“Yo estaba de espaldas a él, mirando hacia la pared. Le pregunté la hora y él me contestó ‘no sé’; esto fue lo último que dijo. Después oí un ronquido; ya se había producido el ataque.
“Corrí a llamar un médico. Después no me dejaron subir: estaba embarazada de seis meses y la gente siempre tiene miedo por la criatura. En seguida, a los diez minutos, vino el doctor Muller. Subí con él, pero ya se había muerto.
“Tengo la idea de que no fue una muerte apacible, sino que por momentos fueron momentos espantosos; hacía un ruido que impresionaba. No sé cómo mueren otros; nunca vi morir a nadie de un ataque al corazón, pero lo de él fue muy angustioso.
“Cuando murió yo estaba muy traumatizada y no podía hablar de todo esto. Larra se va a enojar, pero todo era muy reciente y a él, entonces, no pude contarle nada de todo esto.
“El murió el domingo 26 de julio de 1942, a las diez de la mañana. Fue velado en el Círculo de la Prensa, como cuenta Larra; en ese lugar había estado la noche antes, como le digo. El lunes 27, llevamos sus restos a Chacarita y allí Rega Molina leyó un poema. Empezaba: ‘Si yo supiera todo lo que sabes’
“El martes 28 era una mañana lluviosa; fuimos al cementerio mi madre, mi suegra, su hija Mirta y yo. Además dos hombres: su amigo Diego Newbery y Guillermo Shoot Thompson. Ese mismo día yo retiré las cenizas con la autorización del director de cementerios.
“En una carta que me escribió desde Chile, en el verano del 41, me había dicho que quería ser cremado y que las cenizas fueran dispersas en el río Paraná, en las confluencias del río Capitán y Abra Vieja. Una vez estuvo en la Liga o Instituto de Cremación, pero nunca llegó a asociarse, pese a lo que dice en uno de sus textos”.
“No tengo parientes –dice el texto aludido–, y como respeto a la belleza y detesto la descomposición, me he inscripto en la Sociedad de Cremaciones, para que el día que yo muera el fuego me consuma y quede de mí, como único rastro de mi limpio paso sobre la tierra, unas puras cenizas”.
“En el mes de agosto de ese mismo año 42, en un atardecer frío, fuimos al Tigre en una lancha colectiva; era fácil llevar las cenizas, era un cofre pequeño. Me acompañaban Leónidas Barletta, el íntimo amigo, el amigo confidente de Roberto, y Diego Newbery. Estuvimos recordándolo esa tarde y después, con un adiós, en aguas del Paraná, en las confluencias del río Capitán y Abra Vieja, sumergimos sus cenizas”.

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